Los carros chocones o lo chocante de los padres

Lucero Rosales Lima

agosto 2010

Recientemente que fui con mi familia a un parque de diversiones y pude observar cómo los padres hacemos todo, menos, funcionar como yo auxiliares en el establecimiento y fortalecimiento de normas y valores; en favorecer la introyección de esos límites que no tan solo le permitirían al niño su integración   al medio social sino además le permitirían protegerse a si mismo de sus propios impulsos y ansiedades.  ¿de que forma parece que nosotros, los padres, nos coludimos bajo la salvedad de una diversión sana para fortalecer la trasgresión de la ley? 

Animadamente me formé junto con mis hijas en la fila que nos permitiría subirnos a los carros chocones, tras la espera de unos aproximadamente veinte minutos, sucedieron una serie de hechos que me invitaron a reflexionar sobre lo que hacemos los padres para que nuestros hijos “se diviertan a costa de lo que sea y de quien sea”.

En una primera escena, aparece un joven al que llamaré:  el Joven Responsable, cuya función, no tan solo es, el de distribuir a las personas en los carros, sino además de seleccionar   aquellos niños que pueden subir al juego, dado que su estatura los pondría en riesgo. Cuando el joven, les dice a un grupo de papás que sus pequeños no pueden entrar al juego, se activa una alarma oculta en los padres que solícitos le “ruegan” al joven que “por única vez” deje subir a sus hijos. Se oye alguien que dice: ¿no seas malo, son tan solo unos niños? Te prometo que manejamos lentito.  El joven, brevemente les explica que es por seguridad, que no es porque él no lo desea. Trata de convencerlos con argumentos válidos, pero no es escuchado y con cara de “no se qué hacer” finalmente los deja pasar.

No pasan más de cinco minutos, cuando el joven regresa a la fila y están formados otros adultos, pero esta ocasión el problema no es la estatura sino el agua:  están mojados. Nuevamente el Joven ¿Responsable?, les señala que por su seguridad no pueden tener acceso al juego, ya que es eléctrico y les puede pasar algo. Pero la alarma se vuelve activar en los padres, quienes rápidamente le argumentan al joven que no están mojados, tan solo un poco húmedos, le siguen diciendo que, si los deja permanecer ahí, seguramente con el calor se secaran. Nuevamente, el Joven, no es escuchado por estos padres. El joven, cuya responsabilidad no se sabe donde quedó, los mira moviendo en forma negativa la cabeza y ya cansado de dar explicaciones los deja pasar.

Para finalizar, mi familia y yo que casi estamos por subir a los deseados carros chocones, hemos tenido que estar pendientes, de que cualquier chico o adulto, haga uso de la mejor de sus estrategias para ser el primero de la fila y pasar sin esperar turno. Cuando estamos a punto de que nuestro turno llegue, aparece sorpresivamente del lado de la salida, una mamá corriendo con su hijo pequeño ¿de 10 años?, quien le pide al ¿joven responsable?, que,  no sea malo, que le dé “chance” de pasar y  subir a los carros porque ya se van y  es el único juego que le hace falta a su hijo. El ¡Joven Responsable! solo le dice, que tiene que hacer fila y formarse. La madre como si se tratara de un hecho de vida o muerte, le suplica al joven que le autorice la entrada. Esta vez el joven no pudo acceder a su petición, pues las personas que estaban cerquita al hecho comenzaron a protestar. Esta vez la madre se va sin obtener la deseada respuesta del Joven Responsable.

 Fueron tan solo 20 minutos, suficientes para percatarse de la forma en qué los padres coludidos entre ellos y bajo el argumento de la diversión favorecemos la trasgresión de la ley pese a la seguridad.

 Los límites, el respeto a la autoridad, el aceptar los NO de los otros, no son tan solo prohibiciones, sino posibilidades de contener las ansiedades del niño que se forma permitiéndose su integración a la sociedad.

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