La envidia en la diada madre-hijo(a)

Lucero Rosales Lima[1]

El presente trabajo tiene como objetivo discutir sobre la acción de la agresión y amor en la diada madre-hijo@.  Tanto en el niño como en los adultos genera impacto en la mente conocer- y reconocerse como sujetos con un mundo interno agresivo, hostil, con fantasías de destrucción, esta dificultad en tomar conciencia del mundo interno agresivo entorpece la construcción de vínculos de confianza, de sostén y de mejora emocional, es decir, del amor.

Melanie Klein le da un peso significativo a lo que considera la vida mental, remarcando que dentro de la mente existe un mundo vivo con personajes, con relaciones entre esos personajes y con afectos que matizan dichas relaciones. Esta vida mental esta desde el nacimiento del ser humano y se enlazará con cargamento innato constitutivo; este pequeño infante “sabe” de la presencia de la madre (pecho) desde que nace y habrá un movimiento hacia su búsqueda, haciendo la diferenciación de que no es el alimento lo que lleva al bebe a buscar a la madre, sino que el vínculo es pulsional es constitutivo.

La concepción del bebé cambia radicalmente al considerarlo como un ser humano con un mundo interno dinámico y en relación con el exterior desde su nacimiento, es decir, con vida psíquica viva, con personajes, relaciones y sobre todo con vínculos, pero de igual forma con conflictos de amor y agresión. Este mundo interno, esta vida psíquica se verá enriquecida o bien obturada a lo largo del devenir humano por la presencia/ausencia de figuras externas (madre-padre-derivados). El adulto ya es poseedor de ese mundo interno, más-menos integrado más-menos consistente y su sentido o significado de vivir está en función a este mundo interno con necesidades, temores, miedos, amores, resentimientos.    

El maternaje por lo tanto se convierte en un terreno diádico-asimétrico susceptible de ser cultivado donde el bebé tierra fértil con sus propios recursos naturales espera activamente que “otro-madre” labre sobre su mente los significados de la vida. El maternaje por lo tanto se construye bajo un vínculo vigoroso entre un bebé con un incipiente e intenso mundo interno y un adulto con un mundo interno constituido.

Cuando se habla de mundo interno no se reduce a las experiencias gratas y placenteras, no solo se limita a las manifestaciones amorosas entre infante y madre sino de igual forma a las experiencias displacenteras, de insatisfacción, a experiencias dolorosas. Klein habla de una vida mental determinada por el conflicto entre las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte y para 1935 dará un peso importante a las manifestaciones inmediatas de estas pulsiones, de su conflicto y de su mezcla: el amor, el odio, la voracidad y la gratitud.

El psicoanálisis como disciplina apuntala al trabajo profundo sobre el inconsciente, trabaja junto con el paciente niño, adolescente o adulto para que pueda   reconocer-se con un mundo interno vivo y en conflicto constante. Dice Elena Ortiz   “La mente es un campo de batalla con bandos identificados, si el sujeto es capaz de detener sus regimientos agresivos, narcisistas y omnipotentes las legiones bondadosas toman el control del terreno. (Jimenez, 2011).  

 El trabajo clínico infantil es complejo, pudiendo tener favorables repercusiones psíquicas dado que en trastornos no profundos del desarrollo puede evitarse a largo plazo el arraigo de rasgos de carácter en la vida adulta. La complejidad subyace en la presencia de los padres de la cual depende el tratamiento y sobre todo por lo que el mismo vínculo terapéutico con el niño despierta: en ocasiones son los padres, los que demandan ser contenidos, asistidos, calmados y poco confrontados y en la mayoría de los casos resistiéndose a la ayuda terapéutica individual o familiar.  

 Al respecto señala Melanie Klein “La neurosis sobre su hijo pesa mucho  sobre el sentimiento de culpa de los padres, y al mismo tiempo cuando se dirigen al análisis para pedir ayuda consideran su necesidad como una prueba de su responsabilidad en la enfermedad del niño… a esto debe agregarse sobre todo en el caso de la madre, celos de la relación confidencial que se establece entre el niño y el analista…” (Klein, 1927)   

Quién de nosotros no ha tenido la experiencia de la interrupción abrupta de un proceso terapéutico que está teniendo logros para el menor, en donde con un sinfín de razonamientos argumentan los padres sus motivos para no continuar con el tratamiento: los dineros, los tiempos, el pobre avance en la mejora del niño, la escuela etc. La interrupción de un tratamiento por parte de los padres, en donde se observa avances internos en un pequeño paciente, llena de dudas la mente del terapeuta tratándose de explicar como un intento de darle sentido…

Me parece reflexionar sobre el tema de la interrupción del tratamiento en el trabajo con niños bajo la manifestación de la envidia particularmente en la madre. La envidia es el sentimiento enojoso contra otra persona que posee o goza de algo deseable, siendo el impulso envidioso el de quitárselo o dañarlo.  

 La psicoanalista francesa Florence Guingnrad   menciona que a veces hay madres que tienen envidia a su propio su hijo@, es decir, es el infante quien es el objeto envidiado generando serias consecuencias emocionales en el desarrollo, ya que al depender de la madre no le permite alejarse de esa envida y no tendrá más remedio que acatarla.  El niño@ tendrá que accionar todo un equipamiento defensivo en contra de la carga envidiosa de la madre proyectada en él y por otro lado sus propios deseos, para así calmar la intensa imposición de envidia.

A partir de esta tesis de la “madre envidiosa” les compartiré las reflexiones sobre un caso clínico: Fernanda, una mujer joven empresaria exitosa, hija única con estrecha e intensa relación con su madre está casada con un hombre mucho menos exitoso profesional y laboralmente. En las sesiones de entrevista que mantuve con ella por su única hija Daniela (mi paciente) deja entrever las dificultades que ha tenido para maternarla     una vez que ha ido creciendo; el vínculo idealizado del primer año viene a quebrarse por el desarrollo de su hija con las demandas que la crianza le impone, viviendo a la menor como demandante, que requería estar constantemente con ella y que lloraba de forma intensa cuando se separaban.  

Fernanda se mantuvo distante a lo largo del tratamiento, mostrando durante las entrevistas insatisfacción por la personalidad de su hija, por los avances, por la forma de actuar de su marido etc., se le dificultad reconocer en su hija logros y habilidades, poco confiaba. Cuando podría ser más sensible hacia su pequeña era cuando podría reconocer en ella los mismos miedos que experimento de cuanto pequeña subrayando que le hubiera gustado que alguien la ayudara; tendía a ser laxa con su hija al inicio del tratamiento permitiendo el colecho y la masturbación por las dificultades que tenía para establecer límites  y asumirse como madre de Daniela y hacerse cargo de su educación la cual tendía a delegar al padre aunque criticaba la forma y los modos del mismo para con la menor.

Dice Florence Guingnrad que la envidia venida de la madre genera en la mente del infante un tipo de alianza a la que denomina Connivente, es decir una alianza inconsciente de complicidadtanto con la madre envidiosa real como con los objetos primarios envidiosos internalizados.

Esta alianza crea “un circulo envidioso” entre la madre real que proyecta esa envidia en el hijo y la parte envidiosa del niño, las cuales se entrelazan.  En este círculo diádico no hay cabida para un tercero, para ningún otro tipo de relación pudiendo afectar el proceso de triangulación edípica con sus consecuencias en los procesos simbólicos.

Daniela mi pequeña paciente, cuando la conocí tenía 8 años y las funciones sociales propias de una niña en etapa de latencia estaban cercenadas. No podía aprender bien los números y de igual forma no tenía amiguitas, solo un pequeño niño; se le dificultaba mucho dormir sola por lo que el colecho se mantuvo hasta los 9, se masturbaba en exceso, su síntoma: fobia al aire y a la lluvia. Tendía a ser una niña sobre adaptada en ocasiones pareciendo una adulta pequeña.

A pesar de que era el padre quien llevo todo el tiempo a Daniela a tratamiento, no estaba incluido en la mente de Dany, el tema central de su juego   fue el vínculo intenso entre ella y su madre caracterizado por un sentimiento de rabia envidiosa proyectada en escenarios violentos en el juego de la casita con los personajes principales: la madre, lucerito de 2 años y Daniela de 9. Pero también de un intenso apego y preocupación por ella. Las reacciones envidiosas de Daniela en el juego fueron intensas, no soportaba que la madre se fuera con la nena Lucerito, o no soportaba que la nena Lucerito tuviera atención, y en la transferencia no soportaba que yo tuviera juguetes lindos y dinero de juguete y en ocasiones de verdad. La madre era idealizaba y quería poseerla a pesar de todo lo que podría tener…

Dice la autora que el niño ama a esa madre envidiosa por lo que su narcisismo básico (amor a sí mismo, autoconfianza, validación, etc.) estará caracterizado por una fragilidad extrema por los sentimientos de culpa intensos: D 8

  1. Culpa venida de la madre amada y envidiosa
  2. La que surge del mundo interno del infante
  3. La culpa del sentimiento de traición hacia la figura materna, tanto real como interna si el niño ama a otro objeto  

Daniela se sentía culpable con mucha frecuencia sobre todo cuando los síntomas se intensificaban viendo a su madre desesperarse porque no se podía controlar; también se sentía culpable porque ella, Daniela envidiaba, ella quería lo que los demás tenía principalmente su padre, y finalmente a Daniela se le complicaba confiar en mí y decirme lo que sucedía en casa y que a ella le asustaba “me piden que no te lo diga”, lo que hacía que en muchas ocasiones esa culpa se tornara en una fuerte presión en su mente al sentir que se le demandaba en extremo “no tolero que me toquen mi cabeza”.  La fortaleza yoica y el investimento narcisista eran frágiles.

A pesar de ello, Daniela fue mejorando y aminorando sus síntomas, a lo largo de tres años de trabajo se logró que las ansiedades confusionales y de tipo psicótico que se observaron una y otra vez en sesión disminuyeron considerablemente, así como el síntoma fóbico, tenía más amigas, continuaba con su amigo de siempre y toleraba los cambios que surgían en su vida. Pudo quedarse sola en casa mientras los padres salían por cualquier motivo, la masturbación cesó y dormía sola sin dificultad, pudo asistir a clases de jazz en donde era buena y era más hábil para las matemáticas.

Los niños bajo esta dificultad emocional logran hacer una escisión que les permite preservar un área de su mente que tiene que prevalecer en secreto fruto de vínculos con otros objetos que promueven el crecimiento. Por un lado, había una parte de su mente connivente, cómplice con la madre, pero también había una parte de su mente libre de área de conflicto que le permitió aliarse al tratamiento, confiar e ir creciendo.

Apareciendo la Pubertad

Sin embargo los miedos de Daniela reaparecen y ahora se van a entrecruzar con el inicio de la pubertad “estoy asustada de que me salió un granito, me dice en una sesión”, retorna el síntoma a poco tiempo de que cumpliría 11 años de edad,  la latencia fue corta y su función de fortalecer al yo para hacer frente al desbastador desarrollo biológico es precario… dice Florence Guingnrad al respecto “La latencia es  el puente para la identificación de los padres como garantes, de la supremacía de los principio de realidad con respecto al placer/displacer” (Guingnard, 2008)   

La reaparición del síntoma ataca la mente de los padres de Daniela, les aterra, les asusta, la madre se muestra poco tolerante, enfadada, presionada económicamente por tener que hacerse cargo de su hija Le frustra mucho y aun cuando pareciera que comprende algunos aspectos de la menor, le es muy complicado pidiéndole a Daniela un esfuerzo…

Florence Guingnrad señala que “Las tendencias depresivas en el menor, son el afecto concomitante por la decepción de la madre envidiosa, y para poder soportar el dolor de la desilusión el recurso defensivo es la idealización y así puede preservar la relación con la madre”, por lo que   la consecuencia emocional puede ser una relación de fobia escondida en una personalidad “como si”, el niño establecerá relaciones fóbicas con la madre o con los demás con un proceso de sobre adaptación. 

Tras una última entrevista en donde a mi parecer habían podido comprender cómo podrían favorecer el desarrollo de Daniela abandonan el tratamiento… Es claro que Fernanda quería a la menor, ambos padres la amaban dado que trataban de hacer cosas responsables por ella, sin embargo, la prevalencia de sentimientos hostiles en la mente evita o entorpece el reconocimiento del otro, acceder a la verdad y por ende de la gratitud, y la apreciación de la bondad en los demás y en uno mismo La gratitud tiene que ver con el amor desinteresado y con el acceso a la verdad.  

Bibliografía

Klein Melanie (1927) Envidia y gratitud. Obras Completas. Editorial Paidós. México

Klein Melanie (1927) La personificación en el juego del niño. Obras Completas. Editorial Paidós. México

Guingnrad, Florence (2018) La vida en la sociedad occidental: presente y futuro. Retorno a Envidia y Gratitud. Karnac Books. Reino Unido.


[1] Trabajo presentado en las V Jornadas sobre la Infancia y la adolescencia 2017.Puebla Puebla

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